LA BELLEZA DE LA ALHAMBRA

Hace poco tiempo visité la Alambra de Granada y asombrado por lo que vieron mis ojos, me atreví a decir que la fama de la ciudad de Granada se debía única y exclusivamente a la Alhambra. Tanto es así que afirmaría que la Alhambra es a Granada lo que un preciado tesoro al antiguo y vulgar cofre que lo guarda. Esto mismo pensarían los Reyes Católicos que planearon una conquista paciente por miedo a destruir la hermosura del edificio. Y es que, como cuentan autores e historiadores, esperaron diez años enteros acampados en sus alrededores hasta que los árabes, muertos de hambre, cedieron a abandonar lo que para ellos era el paraíso, su preciada Alhambra.

Por aquel tiempo, cuando visité la Alambra empecé a elaborar un cuaderno de viaje. Tal fue la fascinación que la Alhambra causó a mis sentidos, que no logré encontrar las palabras adecuadas para describir en mi cuaderno de viaje la grandiosidad de lo que vi. Por ello en esta visita a la Alhambra mi cuaderno se quedó mudo. Pero no por que esas impresiones no merecieran ser escritas para ser recordadas, sino porque nunca se olvidarían, estuvieran anotadas o no. Pues, cualquiera que haya visitado la Alhambra nunca podría quedar indiferente.

El verde de los árboles, el olor de las flores, el canto de los pájaros que revolotean en los jardines, el fluir del agua en los numerosos estanques y fuentes, hacen la estancia en la Alhambra una experiencia placentera que a su vez sirve como terapia para olvidar todo aquello que no nos gusta. Kostas Uranis (escritor griego) se olvidaba en sus visitas de lo fea que le parecía la ciudad de Granada, al quedar absorto por la belleza de Alambra, según cuenta en su libro España. Sol y sombra.

En la Alhambra, como en ninguna parte, se interesaron los árabes en hacer algo monumental. Y es que ellos edificaban bajo unos exteriores aparentemente humildes y austeros unos interiores de una exuberante belleza decorativa rebosante de múltiples y diversos elementos, cada cual de ellos más laborioso.




Quizás lo grandioso de la Alhambra, esté en la semejanza de muchos de sus elementos decorativos con elementos propios de la naturaleza. Cualquiera que se haya adentrado en sus salas ha podido imaginar perfectamente que entraba en una cueva de estalactitas. Sus galerías de esbeltas columnas parecen bosques de jóvenes árboles que crecen afilados cortando el aire y abriéndose un hueco en el espacio. Sus estanques y fuentes simulan lagos y manantiales en los que el agua cobra vida. Además las vistas desde sus salas ofrecen escenarios naturales maravillosos. Como es sabido, el contacto con la naturaleza siempre ha sido una experiencia relajante y placentera para el hombre. Puede que se deba a esto el hecho de que cualquiera que visite la Alhambra de Granada tenga una experiencia sobrenatural muy unida a la propia naturaleza del lugar.


Me atrevería incluso a comparar la belleza de la Alhambra con la belleza de una mujer, pues los arabescos me recuerdan a los velos de encajes, el aroma de las flores de los jardines al perfume, y hasta describiría los arcos de las ventanas como las hermosas cejas del rostro de una odalisca. Por todo ello, la Alhambra es una mujer, perturba dulcemente las sensaciones seduciendo con su encanto a aquellos que la miran extasiados.

No hay que olvidar algo muy importante: el agua. Y es que, en todo el mundo, la Alhambra ha sido el único lugar en el que el agua se ha convertido en poesía estando todo lo demás supeditado a ella. No era de extrañar que los árabes dieran tanta importancia al agua en Granada teniendo en cuenta que este recurso había sido tan necesitado por sus antecedentes nómadas de los grandes desiertos. Así en la Alhambra se hace continuamente un culto al agua, no sólo al encontrarla fluyendo libremente por estanques y fuentes, sino también manifestada en la vegetación la cual no podría reproducirse sin tan preciado recurso. Además el agua sirve como espejo de la propia arquitectura creando un juego visual que deja maravillado a su espectador. Por todo ello se puede decir claramente que el agua es, en todo momento, el marcador del ritmo en la arquitectura nazarí de la Alhambra de Granada.

Algunos autores difieren en la idea de que la Alhambra pueda considerarse un palacio o no. Cuando pensamos en un palacio inmediatamente nos viene a la cabeza los Palacios Rucellai o Pitti (palacios renacentistas), o el Palacio de Versalles (palacio barroco). El problema está en que se tiene una versión muy clásica de lo que es un palacio y por ello se cae en el error de no considerar el conjunto arquitectónico de la Alhambra como un conjunto de palacios fortificados, que es lo que es en realidad. Por ejemplo, Cosme de Médicis en su visita a Granada se atrevió a afirmar que la Alhambra no era arquitectura, se preguntaba que donde estaban los ordenes clásicos y el ornamento típicamente renacentista. Carlos V tampoco debió ser muy afín a la técnica de los árabes ya que en cuanto pudo construyó un palacio de enormes dimensiones en el lugar de algunas estancias árabes de la Alhambra. Además en su época quedo patente su afán por hacer de toda ciudad que pisaba una nueva Roma.

Habrá quienes piensen en palacios renacentistas, quienes consideren que el palacio árabe no es digno de ser considerado un palacio, pero yo, seguro que pensaría que si el palacio es sinónimo de lujo y grandiosa belleza, no hay mayor ejemplo que el lujo de la naturaleza viva de la Alhambra.

Su naturaleza oriental y paradisiaca siempre ha exaltado la imaginación popular y la de numerosos escritores, como es el caso de Washington Irving a quién sirvió de inspiración para escribir Cuentos de la Alhambra. Y es que ¿quién no ha pensado en su visita a la Alhambra en las historias que encerrarán sus muros, en los secretos que guardarán sus ancianos árboles, y en el mensaje del susurro del agua y del canto de los pájaros?

Ahora bien, la Alhambra es un conjunto monumental del pasado histórico que, si no lo conservamos y protegemos, podría destruirse o desaparecer. Digo esto porque, después de la llegada de los Reyes Católicos y con el paso del tiempo, la Alhambra se abandonó y fue deteriorándose hasta que, alertado por los viajeros extranjeros, el estado español acometió su restauración a mediados del siglo XIX. Gracias a estos viajeros, la mayoría de ellos escritores en busca de inspiración, se mejoró el estado del edificio. Esta situación de alertar cuando el patrimonio está deteriorado o a punto de perderse no supone una buena gestión del mismo sino que se deben crear políticas de protección y conservación.

Algo es evidente hoy día, todo el mundo, haya visitado o no la Alhambra, sabe y conoce acerca de su poder de enamorar al visitante. Personalmente, antes de visitarla ya sabía y creía que obtendría un enorme placer, pero cuando la visité y observé su belleza natural fue muy diferente a lo que había pensado. Y es que cuando pensé en mi primera visita a la Alhambra la intuición me falló, pero no por no haber encontrado lo que esperaba sino por encontrar algo que mi mente nunca hubiese sido capaz de imaginar. Algo inmensamente maravilloso y difícil de olvidar.

Por todas las razones ya mencionadas y porque la Alhambra es, con diferencia, uno de los lugares con más encanto que ha creado el hombre, ésta debería de estar entre las Siete Maravillas del Mundo y hacerse así honor a un famoso pareado que dice aquello de “ciudad que labra el moro, ciudad de oro”.


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