Desde Piazzale Michelangelo, arriba, en la colina, ves una ciudad abierta a tus ojos, como un abanico que te invita a soñar y a adentrarte en su historia, en el mármol y el ladrillo que la decora. Pero como un escaparate, cambia, se transforma, de día y de noche, de jueves a viernes.


Y bajas a descubrir. Si repites, cada paseo te enseña algo más. El Ponte Vecchio no es el mismo si lo atraviesas desde un lado y otro del río Arno. Cuando está anocheciendo es quizás cuando más te sorprende. La luz va dorando las paredes y reflejándose en el agua para que el río se convierta en ascuas que iluminan las dos orillas de la ciudad.


La flor de lis que simboliza a Florencia se abre desde la mañana para que sus calles muestren el esplendor renacentista que no ha dejado de serlo hasta hoy. Renace y brilla para el visitante. Michelangelo, Leonardo o Botticelli no sólo los ves en los interiores, los contemplas en lugares como la Piazza della Signoria, rodeada de esculturas imponentes.


También renace en Piazza della Repubblica, semillero de poetas posteriores, y en el Duomo, reformado en el siglo XIX para que conservara su identidad primera, así como en otras iglesias. Las tiendas y mercadillos callejeros nos llevan desde los recuerdos monumentales hasta el propio Pinocchio, toscano como su creador.


Florencia, capital de la Toscana y cuna del Renacimiento. Una ciudad italiana que no se puede dejar de visitar porque os sorprenderá, y sin duda, os encantará. Quiero dar las gracias a Javier por presentarme ésta ciudad en un frío día de febrero, pero que con su compañía se hizo muy cálido. Una experiencia que jamás olvidaré.

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